martes, 23 de octubre de 2012

Y volver, volver, volver...

     Cuando se sufren los avatares del destino a la ida, lo que pretendes es que no se repitan a la vuelta. Por eso lo de volver, volver. volver, a tus brazos otra vez.
     Uno cree tener todo controlado y en las mejores opciones para no dar pábulo a la fatalidad. Una rueda revienta siempre en momentos inoportunos, pero cuando un vuelo internacional te espera y un accidente provoca el retraso, no caben parches. O llegas a la hora o no llegas.
     Y jugábamos con un colchón horario suficiente, creía, para hacer el embarque en tiempo y forma. Pero reventar en la Radial 3 y ante la gravedad avisar a la asistencia en carretera, que tardó en llegar porque entró por el sentido equivocado, hizo que el tiempo empezara a correr en nuestra contra a minutos agigantados. Y llegamos al aeropuerto, pero entre dejar el coche en el aparcamiento de larga estancia, formalizar la documentación que se requiere para el caso, esperar el minibus que te lleva a las terminales, equivocarse una vez más en si la uno o la cuatro, llegamos cuando la campana acababa de sonar, decretando el fin del asalto. Tuvimos que ganar la pelea en otro asalto, en opciones posteriores, y los ánimos se resintieron.
     Al final la diosa Fortuna convenció a Mercurio, el dios alado, y volávamos a México con retraso. Los días que se había previsto para ensayar, adaptarnos al lugar y disfrutar de un fin de semana sin actuaciones, se esfumaron y desde que pisamos Durango, todo fue vertiginoso e intenso. Teatro, teatro, teatro, viajar, comer, hoteles, teatro, teatro, teatro...
     Las actuaciones salieron dignísimas, impecables en tierras transoceánicas, con lo que ello supone para quienes estrenan por primera vez en su vida a muchos miles de kilómetros de nuestros teatros, nuestros conocidos, amados y al tiempo denostados teatros.
     Mi curiosidad era escuchar el latido del público, su respiración, su incómoda risa en los únicos momentos que la función deja esbozarla, las caras al final de la obra, los aplausos, los comentarios..., ver a la Señorita Julia viva y trasportada al México de los años 50 con sus paisanos evocando (los que lo vivieron) la vida en una hacienda, donde la diferencia de clases era palmaria, como lo es en el texto original y el adaptado para este estreno.
     Y recibimos el doble que les ofrecimos- La gente mexicana es agradecida a las buenas interpretaciones teatrales, se fotografía contigo, no quiere que te vayas al hotel al acabar la función, quiere hablar contigo, que les cuentes, quieren prolongar la velada teatral y te ofrecen refrescos, pasteles en los camerinos y no te dejan irte a casa sin despedirte a pie de furgoneta con una sonrisa y mirada franca.
     Actuar en México ha sido siempre para mi, y en esta ocasión en especial, una recorfontante y profunda respiración teatral. D'eixes que te quedes recloxint.  

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