lunes, 10 de octubre de 2011

Barrachina

     Barrachina era un charamitero que tocaba la dulzaina en fiestas. Acompañado de un tabaleter se ganaba el jornal acudiendo allá donde hubiera programación festera.
     Decidieron ir un año a las Fallas de Valencia, y con un duro en el bolsillo para asegurarse la vuelta en tren, en caso de no conseguir ningún contrato, hicieron el hato y se fueron a la capital del Turia.
     El viaje se les hizo pesado, toda la noche en tren. Subir en Monòver, transbordo en La Encina, paradas en todas y cada una de las estaciones. Pero sobre todo tenían mucha gana de comer. No pudieron cenar antes de comenzar el viaje y el paso de las horas acuciaba el problema.
    De madrugada llegaron a la estación del Norte y nada más pisar la calle Játiva una bunyolera estaba en su puesto que rebosaba de esa delicatessen valenciana. El olorcito de la fritura les entró por la pituitaria y ciegos se encaminaron al puesto de la señora.
     Barrachina le dice: ¿Con cuánto dinero nos harta de buñuelos?
     La señora, entra al trapo y contesta al par de músicos: ¡Diez reales cada uno y podeis comer los que querais!
     Barrachina saca la cuenta y comprueba que es todo el dinero que llevan para la aventura fallera. Pero de perdidos al río le contesta: ¡Vale!
     La bunyolera, graciosa, le pone delante a cada uno un llibrell lleno de buñuelos, que ellos engullen con fruición, demostrando que la mujer ha perdido dinero en la jugada. Los buñuelos desaparecen a ritmo de pasodoble -que ya se empieza a escuchar en una despertà- y ella agobiada intenta frenar la gula de Barrachina i el tabaleter: ¿No quieren azúcar para los buñuelos?
    ¡Estos caen así, los otros ya veremos! contestó Barrachina. La mujer comenzó a llorar mientras les ponía delante otro lebrillo de buñuelos a cada uno. Se hartaron, le dieron el duro a la mujer y tomaron las calles de Valencia en busca de contratos en alguna falla, pero con el estómago lleno.

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