jueves, 27 de octubre de 2011

El senyoret Tornillo (IV)

     El senyoret Tornillo tenía al parroquiano al límite de la desesperación por las mentiras que contaba y como se las colaba a los paisanos.
     El otro día, relató, salí a dar una vuelta y a coger un poco de esparto para los muleros. Llevaba el garrote y paseando me dirigí a la serreta. Me agacho en una mata de esparto y veo una liebre acubilada. Con el garrote le doy al culo y la liebre, de un salto, se pone en la senda, y chino-chano, guiándola cuando se salía de la senda, la fui guiando al camino de casa. Pim-pam, al culo y la liebre delante de mi, a mi paso. Llegamos y la puerta de la calle abierta de par en par. La liebre por el pasillo de casa y al fondo en la cocina, la mujer había puesto una olla con agua a hervir. Llegamos a la cocina, la liebre se para, y yo doy un golpe al suelo y la liebre de un salto, se mete dentro de la olla.
      No pudo más. El forastero interrumpió el afeitado del barbero, se incorporó en el sillón y dijo: ¡Claro, y sacó la patita, y se tapó sola con la tapadera!
      Enrique, el senyoret Tornillo, ni se inmutó. Su frase vino a corroborar la sorna del forastero indignado: "¿Veis como yo no cuento mentiras? Este señor estaba delante y vió la escena."
     Se quedó anonadado. Y los parroquianos ratificaron las "verdades" del senyoret.

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