viernes, 10 de febrero de 2012

LA CALUMNIADORA (IX)

     Una tarde que me llegué al mesón a llevarle dos capones a la mesonera, me topé en la puerta con dos mozalbetes de buen vestir y erguida presencia que me requebraron cumplidamente al verme. Eran caminantes que decidieron hacer noche y cenar capones rellenos para reponer fuerzas del trecho andado.
     Al notar su presencia, di luz a mi generoso escote, tirando de la camisa hasta dejar el canalillo expedito escoltado por la sombra de las aureolas.
    Una vez satisfecha la comanda me disponía a regresar cuando los dos me abordaron cerrándome el paso e invitándome a cenar el guiso que ya preparaba Petra, la mesonera, con los capones. Para esto soy muy cumplida, acepté.
     Debían traer buena cantidad de dinero porque el dispendio fue desmesurado. Se sirvió el mejor queso, unos chorizos picantes y sobre todo el vino que se guardaba en un odre, del que la mesonera dijo que costaba seis veces más que el vino corriente.
     Una ambrosía resultó la cena, en especial el vino -yo no había probado delicia mayor- que parecía icor de los dioses. A los postres se sirvieron frutas confitadas y uvas dulces con dos botellas de moscatel resinado.
     Mi cabeza levitaba por momentos y sentí flojedad en mis músculos. La risa fluía y se contagiaba sin pudor.
     Mis anfitriones propusieron una partida de monte. Me explicaron que era un juego de apuestas con los naipes. Se colocaban cuatro cartas al azar en la mesa y la apuesta consistía en acertar cual, del resto del mazo, sería la que se repitiera con la envidada. Muy fácil, lo entendí a la primera, a pesar de mi estado de semiinconsciencia.
     Se hizo una mano de prueba. En la mesa un siete de copas, un tres de bastos, el as de copas y el caballo de espadas. A este aposté yo, y tres cartas después salía el de oros que me hizo ganar.
     Comenzó en serio la partida. Yo pregunté que apostábamos, yo no disponía de dinero, y dijeron que nuestras ropas. Cada vez que alguien perdía de sacaba una prenda y en el caso de ser el ganador, se recuperaba una de las perdidas.
     No caí en la cuenta que de esta apuesta, de cada cuatro jugadas, en una se quedaba en paz, en una opción se ganaba, pero se perdía en dos casos. Pero los tres jugábamos con las mismas cartas. A ellos no les importaba, el objetivo era dejarme en pelotas aunque alguno de ellos acabara como yo. El juego acababa cuando dos quedaban desnudos. El tercero que quedara al menos con una prenda, ganaba.
     La mala suerte se alió conmigo, y cuando uno de ellos había perdido las botas y el otro las botas y la camisa, yo ya estaba enseñando el felpudo. La partida concluyó con el desnudo del más bajo de los dos, pero bien dotado por la naturaleza.
    No quisieron devolverme la ropa hasta la mañana siguiente, y así en su habitación se despacharon conmigo hasta en tres ocasiones cada uno.
    Cuando quedaron exhaustos decidí volver a casa. No quería que el despertar de los dos mozos, repitiera en mi la dosis, porque tenían juventud y empuje suficiente para descoyuntarme al alba.
    Mi ropa quedó encerrada en el arca y por mucho que busqué no di con la llave y hube de salir desnuda y recorrer las calles desiertas camino a casa.
    Solo me crucé con Juan, que iba al pescante de una carreta cargada de heno, al que saludé con educación.

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