lunes, 26 de marzo de 2012

LA CALUMNIADORA (XI)

     (...) Nada más entrar a servir a la casa del deán me encargué de hacer una limpieza a fondo. La pobre Juana, tan vieja y decrépita, dejó la casa con aspecto de abandono, con rincones por donde no había pasado la escoba en varias cuaresmas.
     Abrí las ventanas y corrió el aire, entró el sol. Lavé cortinas, di brillo a la plata, a las vidrieras, limpié el dedo de polvo que tenían los cuadros, crucifijos, misales y rosarios.
     Preparé una buena cena y una vez recogida la mesa me retiré a mi habitación a descansar. Cuando el paisano calculó que estaba poniéndome el camisón, se entró en mi aposento hisopo en mano y me hizo besar la reliquia, que se despachó en mi garganta en escasos segundos. Me dio las buenas noches y una bendición.
     A los pocos días ya era popular en el vecindario. "La criada del cura" oía murmurar a mi paso. Y en el mercado, en la carbonería, en cualquier parte era requerida por miradas que me escrutaban cada centrímetro.
     A las feligresas, dado que a diario se despachaba conmigo varias veces al día las dejaba en paz. No daba el hombre para más gallinas que yo. Y lo que en principio era una buena salida al problema de las mujeres, se convirtió en envidias por acaparar mi cuerpo los ímpetus del deán.
     No había nadie en la ciudad que no supiera de mi. Y mi calumnia estaba llegando a su final. Elegí un día señalado, un acto relevante, donde toda la gente estuviera en la calle y pudiera percatarse.
    Mañana del día de Corpus. El deán, revestido con la capa pluvial bordada en oro, bajo palio portando al Santísimo Sacramento, salía por la puerta mayor de la catedral. Las autoridades civiles y  militares caían de hinojos ante la custodia.
     Comenzaba la procesión y dos filas de acompañantes con hachones encendidos custodiaban el palio. Yo elegí un elegante vestido blanco que conseguí unos días antes. Y cosido a la altura de mi "sancta sanctorum" un triángulo de tela de color pardo. Y así, de esta guisa me situé a las puertas de la catedral. y cuando salió mi deán, irisó todos los colores del arco iris en sus mejillas (tal era el sofoco), porque todo el pueblo entendió el mensaje. Satisfecha de mi calumnia, fui a casa, recogí las cosas y salí del pueblo antes de que mi amo, el deán, regresara del oprobio al que le sometí.

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